Título: El libro infinito
Autor: Diego Chami
ISBN: 978-987-4188-10-6
Cantidad de páginas: 156
Género: Ficción
Sello editorial: Metrópolis Libros
Precio libro papel: $320
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Los cuentos que conforman El libro infinito, el inicio literario de Diego Chami, ponen en palabras historias conocidas por todos: las peleas de pareja, las relaciones laborales, las inseguridades y debilidades de cada uno, los miedos, las ganas de cambiar de vida, las coincidencias, el descubrimiento de la propia identidad, los desencuentros y las posibilidades que se abren luego de situaciones fortuitas. Todas ellas quedan ahora y para siempre plasmadas en estas páginas porque Chami convierte en cuento esos mundos vividos, pero también los inventados, los imaginados y los fantaseados. Con ellos nos interpela, hace emocionar, pero sobre todo, confirma que es imposible vivir sin ficción.

Texto de Lucía Vogelfang, profesora de literatura francesa y coordinadora de talleres literarios, leído en la presentación:

Registrar y escribir
 
Quería agradecer doblemente a Diego y a Julieta por permitirme prologar el libro y ahora por la invitación a presentarlo. Aunque este agradecimiento viene de la mano de un desafío porque como esta es quizás una de las raras ocasiones en las que el público no se renueva, me enfrento al desafío de no decirles dos veces lo mismo.
 
Un día le conté a Diego una historia. Él me escuchó atento y, cuando terminé mi relato, repitió el nombre del protagonista de la anécdota y dijo: “qué buen nombre para un personaje de cuento”. A veces también lo veo tomar apuntes después de una conversación, o tratando de retener una frase. Cuando recordaba esto y pensaba en lo que diría en esta ocasión recordé una historia.
Un día estaba con varios amigos en un café y en un momento se hizo una pausa en la conversación y por unos segundos algunos prestamos atención a la televisión que estaba. Hablaba Moria Casán, que seguramente contaba la misma historia de siempre, con unas mínimas variaciones. Mi amigo poeta entonces sacó su libreta y tomó nota.
Le pregunté qué escribía. Era una frase de Moria: “tacos y purpirina”, me dijo, “un hemistiquio de alejandrino perfecto”.
Entonces pensé que eso hacen los escritores: tienen una especie de escucha diferenciada, donde yo oía un chisme, una anécdota absolutamente banal, ellos escuchan un ritmo, una música, un alejandrino perfecto, el nombre de un personaje.
 
Diego está siempre al acecho, registra versiones, busca dónde hay una historia para contar, de qué anécdota puede apropiarse. Está todo el tiempo detrás de las historias, o mejor dicho, descubriendo dónde hay una que valga la pena contar y cuál sería el género y la forma de cada una, las estrategias para narrarla. Porque –creo- eso es la literatura: una relación con la experiencia donde uno está al mismo tiempo viviendo y registrando.
 
A Diego lo conozco más allá de su escritura y sé o imagino de dónde vienen muchas de las historias que cuenta: sé que algunas pasaron realmente o al menos en parte.
Pero esto no quiere decir nada.
Porque Diego no se queda en la anécdota, en la historia, sino que les busca lo literario, las convierte en una verdadera trama, haciendo, como dijo alguna vez Eloy Martínez, lo más importante que se puede hacer en literatura: sospechar la verdad y hacerla ficción.
 
Diego registra, trata de retener historias y momentos, pero luego esos relatos empiezan a avanzar, inventan sus propias tramas a partir de ese primer registro, y empiezan a desarrollarse.
 
En Crítica y ficción, Piglia cuenta una anécdota muy divertida, aunque quizás apócrifa de Mallarmé. El poeta Mallarmé está hablando con un pintor. Creo que es Gaugin, pongámosle Gaugin. Gaugin tenía ganas de escribir una novela y le pide consejo a Mallarmé porque, le dice, “tengo varias ideas para escribir una novela”. Y Mallarmé le contesta: “el problema es que las novelas no se escriben con ideas sino con palabras”. Quizás el poeta exageraba, pero hay algo que esta anécdota deja en claro: para escribir hay que escribir, no sólo tener ideas.
 
Y eso es lo que yo aprendí leyendo los cuentos de Diego: las novelas y los cuentos no se escriben con ideas, sino con tramas, no se escriben con personas, sino con personajes, y no se escriben con el tiempo, sino con la cronología.
 
Todo se puede convertir en ficción: los amores, las ideas, la circulación del dinero, la música de la tarde, los colores del amanecer. Lo único que hace falta para eso es saber narrar, o sea transmitir al lenguaje eso que está allí.
No alcanza con armar la trama, sino que hay que encontrar el tono de un relato, el ritmo, la respiración del lenguaje. Y cuando Diego encuentra esa música la anécdota funciona, se desarrolla, avanza, porque las historias de Diego no descansan en la anécdota sino que depende de ese tono, de ese ritmo, del estilo, de ese algo que pasa no con las palabras sino entre las palabras.
 
Para dar ejemplo de esto, de cómo Diego hace literatura quiero tomar cuatro “escenas” de sus cuentos: los temas, los personajes, los finales y el idioma.
 
Escena 1 – los temas
Diego encuentra los núcleos narrativos en su propia infancia, en su trabajo (en los casos que representa como abogado, en los avatares de la vida académica), en la docencia, en las relaciones íntimas y familiares, en las familias ajenas, en los viajes, en los vínculos, en las sesiones de terapia, en la historia argentina, en el futuro y en los miedos apocalípticos.
 
Hay en los recuerdos de infancia un niño mira con y a la distancia y hay también escenas de la vida, experiencias cotidianas pero los cuentos van más allá, superan el ritual de la vida cotidiana y buscan personajes o universos que exceden la cotidianeidad o, mejor dicho, que a partir de allí crean un universo nuevo.
 
En el cuento “Sapo”, el protagonista con paciencia desarma el autito de carreras del primo Javier para develar el mecanismo secreto que lo hace funcionar. Los cuentos de Diego siguen ese modo: Diego busca historias y las desarma, separa las piezas, las reduce y recién entonces las vuelve a ensamblar, las combina y nos las devuelve, en forma de relatos equilibrados, que se sostienen y funcionan.
 
Escena 2 – un personaje
 
Diego construye un personaje, una especie de alter ego suyo, una versión de Diego que vive una vida que acompaña su propia experiencia, un personaje que va contando su vida, sus recuerdos, y que muchas veces tiene un punto de referencia personal, un personaje que siempre está, aunque no forme parte de la trama de manera directa, una voz, una manera de contar, un punto de vista, o un ancla, un punto de referencia con la realidad, alguien que se hace cargo de las cosas que todavía hay que decir.
 
Escena 3 – los finales
Diego crea para las historias un final literario, que en muchos casos la anécdota no tiene, y en ese final Diego involucra al lector, lo obliga a decidir, a pensar cuál es el final posible.
Esta modo de los finales mi hizo pensar en un género y un concepto.
El género es la ucronía, ese género literario que consiste en crear una novela histórica alternativa en el que trama transcurre en un mundo desarrollado a partir de un punto del pasado. Pero ese pasado no se toma literalmente sino que se alera: por ejemplo las novelas en las que se cuenta la historia a partir de una guerra imaginando que los vencidos son en realidad los vencedores o que un rey continuó reinando durante mucho tiempo porque no murió fruto de las heridas infringidas en una batalla.
La ucronía especula sobre realidades alternativas ficticias, en las cuales los hechos se han desarrollado de diferente forma de como los conocemos.
El maestro de la ucronía es Emmanuel Carrère que escribió sobre la no existencia de Beria, jefe de la NKDV bajo Stalin caído en desgracia y qué pasaría si se lo hace desaparecer de la historia.
Los cuentos de Diego encierra una ucronía en potencial: por ejemplo, qué pasaría si un día desaparezco, si no me tomo el avión que me llevaría de nuevo a casa…
Y allí Diego involucra al lector, lo que me hizo pensar en el concepto teórico de Umberto Eco y su lector ideal. El texto, dice Eco, es una especie de máquina perezosa que deja blancos que un lector, previsto por el propio texto, deberá llenar.
Los cuentos de Diego son entonces versiones, construcciones, distorsiones que buscan otra cosa que la realidad, porque la realidad ya está demasiado en todas partes.
 
Escena 4 – el idioma
Los cuentos están escritos en un idioma muy especial, en una combinación de idiomas: el idioma en que a un escritor se le ocurren las cosas, el idioma de la creación, pero también en el idioma de cómo se sueñan o cómo se recuerdan las cosas, porque cuando soñamos es como si estuviéramos leyendo una historia. Todas estas fuerzas intervienen en la escritura de estos cuentos.
 
Quiero decir dos cosas para terminar.
 
La primera es que en su acepción más etimológicamente literal, una antología sería algo así como un ramo de flores. Y, por extensión, sería entonces una recolección, una selección de lo más hermoso o representativo, una compilación de fragmentos elegidos. Pero la antología también tiene algo de engranaje. Su gesto consiste en tomar las piezas y ponerlas a funcionar en un todo. Y creo que aquí todas las piezas están en su lugar, y el engranaje funciona a la perfección. Y gracias a ello este libro de cuentos se convierte en una guía, en un manual de descubrimiento, en un tratado de exploración de los mundos que Diego tiene para contarnos, de una escritura infinita porque aún tiene mucho para dar.
 
En segundo lugar, y por último, celebro que Diego se haya asumido como contador, que se anime a poner circulación un libro, un volumen que tiene peso y perdura, y que le otorga su acta de ciudadanía literaria.

LV.

El libro infinito también se consigue en:

Librerías Gandhi y Galerna

Dain Usina Cultural, Thames 1905 (CABA).

 

Diego Chami

Diego Chami nació en Buenos Aires, en 1952. Es abogado, doctor en Derecho y profesor titular de grado y posgrado en la Universidad de Buenos  Aires. Publicó varias obras sobre temas jurídicos, y dictó conferencias tanto en el país como en el extranjero. Ejerce activamente su profesión. El libro infinito es la primera obra de ficción que publica.