Natalia López tenía doce años cuando su familia se instaló en la base antártica argentina Esperanza. Esa niña pasó un año entero en el lugar más inhóspito del planeta sin perder de vista ni un solo detalle. Este bello libro es el resultado de esa memoria extraordinaria.
El tono que elige para contarnos tantos recuerdos únicos e inigualables es desde adentro de esa infancia. Natalia narra el frío en los nudillos, el ruido del hielo, la luz que no se apagaba nunca en el verano polar, el olor ácido de la pingüinera, el peso de la ropa mojada. Escribe también sobre la monotonía, el aburrimiento, las listas de cosas que no existían allá: árboles, esquinas, heladerías, perros con correa, desconocidos en la calle. Esa ausencia del mundo conocido construye, paradójicamente, una presencia: la de otro mundo completo y autónomo que funciona con sus propias reglas, sus propios rituales, su propia idea del peligro y de pertenencia.
Una casa en el fin del mundo es un libro sobre lo que les ocurre al cuerpo y a la memoria cuando la infancia sucede en un lugar radicalmente separado del mundo conocido. Sobre crecer en una comunidad de sesenta personas que lo es todo, sobre la familia como dotación de supervivencia, sobre el primer beso a escondidas mientras afuera ruge el viento. La geografía extrema no es un telón de fondo sino la condición que hace posible esta mirada. Y, al darle ese lugar preponderante, Natalia logra con una precisión exquisita generar en nosotros, los lectores, la sensación física de un lugar que no conocemos. Cuando se cierra este libro, el frío permanece y permanece también la fascinación por ese lugar desconocido y lejano en el que la vida en toda su complejidad también es posible y, por tanto, real.
Flavia Pitela
Natalia López (1984) es de Pigüé, provincia de Buenos Aires. Es periodista y locutora. Con más de veinte años de trabajo en radio, televisión y gráfica, ha colaborado en medios nacionales e internacionales. Creció mudándose de ciudad en ciudad durante su infancia y adolescencia, y aprendió desde pequeña que los territorios también son una forma de lenguaje. A los doce años vivió un año en la Antártida con su familia, experiencia que marcó para siempre su manera de observar el mundo. Como periodista regresó cuatro veces a ese mundo extremo; allí rodó los documentales Estación Esperanza y La vida entre los hielos. Una casa en el fin del mundo es su primer libro.